miércoles, 21 de agosto de 2013

De una vez que fuimos a la plaza en invierno y no quemamos bancos para calentarnos

                                                             
Después de leer no hay nada, decírselo a aquella persona que no quiere terminar de leer ese libro, porque el autor se suicidó al ponerle el punto final. Y si terminas de leer el libro lo mataste vos. Y entonces vas por la tortura, leyendo de a poco, matando despacio. Una página un día, una puñalada no mortal otro. Corre la baba y la cabeza quiere terminar de una vez con todo, con el libro, con la vida del autor y con las búsquedas incesantes de nuevo material de antiguos escritores.

Es difícil leer en la plaza, la incomodidad al sentarse, el pasto picante, la distracción al instante. En el árbol cuelgan la tela y una mujer embarazada enseña a una niña.En la esquina corre la coca cola y las motos y en la cancha los niños tiran a pegarte. Mejor fumar. Mejor no ser parte de la búsqueda del conocimiento liviano de las formas antiguas de la ciencia y el arte. Mas vale un tiro de esquina, una cerveza de camino, un vino por si acaso, porque mañana cierra el chino, por algún paro raro, por la lucha social.

Con el libro cerrado y el autor apagado, bancando la tortura, piensa: "Es increíble como mi alienación llegó a un estado tal en el cual, ya no tengo una capacidad de abstracción numérica y si un abstracción de la forma del movimiento por el cual dígito. ¿Me explico bien? seguramente no, lo que quiero decir es que tengo: pin de celular, pin de cajero, contraseña en bedelías, pero no recuerdo las cifras, sino el vaivén de manos y dedos pulsando. Soy un monstruo, soy Joe Chip. Si un día pierdo la movilidad de las manos, no podré cobrar, ni comunicarme, ni anotarme a materias en la facultad. Aunque todo no es tan trágico como lo planteo."

El devaneo solicita un jugador más en la cancha. Cae el libro y empieza el partido. Todos menores, todos. Menos uno. El no menor al arco, canta un menor. El más infante juega mejor. Los menores de hoy no son como los de antes, son más anchos y tienen celulares. Juegan peor porque juegan menos. No tiran lujos. Agachan la cabeza, buscan el arco y le pegan. Dejarse hacer goles para hacer el gol del final. El gol del mete gol gana. Y solo de taco, para que los niños aprendan de magia. En eso estaba. En la procura del heroísmo. En el simulacro lírico de ganar un partido.

La pelota se va lejos. Anda buscarla le dice un niño a otro, el otro se niega pero va. Para desquitarse le grita "tu madre puta", el infante mas chico de todos, responde, "prostituta es un trabajo, tu madre es jipi".

Al rato se van las chicas de las telas.