lunes, 30 de enero de 2017

Espronceda

Intento no pensar, las pastillas de diazepam, botiquín mal colocado, lo abrís y se cae, espejo me miro, salgo del baño, cuarto, cama destendida, cama desatendida, heladera vacía, mierda del perro limpiar, productos de aseo que compramos una tarde de verano, puerta de azotea cerrada, corazón cerrado, manos cerradas, soledad, respiración agitada.

Bajo a la panadería, sábados y domingos no vendemos refuerzos de milanesas. Torta de fiambre, cómo sin sentir gusto, prendo la tele, apago la tele, encuentro la llave de la azotea, voy a la azotea, me desespera lo inmenso del cielo que puedo mirar, me siento a la mesa, hago bolitas con las migas de la tarta, las miro, las ordeno, me quedo mirando la nada, por suerte ahora abrimos la ventana que siempre estuvo cerrada, miro a lo lejos el hospital de clínicas, siempre miro el hospital de clínicas y a veces la antena del cuatro. Vuelvo a pensar en el diazepam, en el tizafen, en el clonazepam, en el tramadol. Ninguno hoy me quita el dolor, ni la resaca de fármacos para dormir, que tomé anoche para no pensar en mi soledad. Mi desesperación arrecia, ni regia ni nada, no me banco la mente. Miro el dvd, miro el equipo de música, miro la lámpara rota arriba de la biblioteca, no sabía que estaba rota, hay otra lámpara al lado, la mía no da luz, la de ella si, me parece el mejor simbolismo que voy a encontrar hoy.

Desisto de escribirle a nadie, Mauricio me dice que Brasil está bravo que dos policías militares muertos cerca de donde se aloja, no le contesto, bravo está Espronceda y sin militares ni policías.

Bajo la escalera, abro la puerta, salgo un minuto, fumo un cigarro, regreso, me inunda el olor a perro, busco el balde, el producto ese que tiene amoníaco y sirve para las pulgas dispersas y cualquier microbicho que huela y muera. Hoy duermo sin pastillas para mosquitos, pienso, que me piquen, que me saquen la sangre triste del cuerpo, que piquen mi cerebro, pero no soy tan tonto, vacío los baldes con agua en la azotea, no quiero dengue. Riego el mandarino que pide urgente trasplante. Su muerte será la mía. Por eso lo riego, siento una simbiosis con el mandarino desde que lo trajimos. Al principio lo medía cada día, la hoja mas alta coincidía con la parte donde el vidrio está rajado, ahora ya no sé, me aburrí que no superara la rajadura, ya no lo miro más, solo intento que no muera. Será un intento desesperado si de aquí a poco no hago algo, enumero todas las cosas que no debo hacer en un papel, luego vuelvo a la azotea y quemo el papel, el perro mira y corre una ceniza que vuela y baja, vuela y baja. No sé ni que hora es, no voy a escribirle al tranza, estaba escrito en el papel, no voy a escribirle a nadie hoy. El mayor placer del día es un agua con hielo, escucho el silencio, estoy a punto de volverme loco. En el almacén el otro día un niño con pose adulta, como casi todos los niños de acá, decía que el loco que pasa todos los días cantando canciones inentendibles ‘se hace el loco para pasarla bien’, recuerdo el niño, que dirá de mi.

En la ventana mirando el árbol fumo mil tabacos que voy intentando tirar en el agujero donde una vez vi meterse una rata.


Espero el regreso de mi novia, miro a los lados de la calle, el árbol no me deja ver nada, la pareja que regentea la carnicería ya está cerrando todo, me tiro en la cama, cierro los ojos, no es un día. 

4 comentarios:

  1. es arriba y vino tomo/ tomo vino y subo al techo/ que esta echo de cemento/ miento en parte claraboya/ el viento vuela la ceniza y el cigarro cae al vaso

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  2. al fin dias de gin
    que triste todo igual che
    huele a contagioso

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